Un cristal en la Playita

En Puente Nayero los niños saltan, corren y juegan, la bulla  que generan se complementa con la música a “todo volumen” que ponen los adultos mientras juegan dominó. Todo parece tan tranquilo, como si fueran herméticos a la situación que ocurre a su alrededor.

Fotografía: @Giuliocirri

Texto: @Frankinbv

Un puerto marítimo es por definición, un espacio ubicado en una orilla o costa para dar seguridad a las embarcaciones y facilitar el flujo de mercancías. Por sentido, una construcción que fomenta el crecimiento económico, la prosperidad, y, además, representa esperanza y calidad de vida para la localidad que lo rodea. Caso que no se presenta en la ciudad de Buenaventura; el puerto más importante de la costa pacífica colombiana, donde a pesar de las promesas de los diferentes políticos que pasan por la misma, lidera los índices de violencia y pobreza del país.
Puente Nayero se formó hace más de 20 años, cuando 300 familias, desplazadas por la masacre del Naya, encontraron en una de las calles de Buenaventura un lugar donde volver a empezar.
Sobre piedras, tablas y rodeados por el mar, a 10 minutos del centro de la ciudad, se ubicaron en una calle dentro de uno de los barrios más violentos del país en la actualidad, La Playita, y en un espacio que se distribuye en 300 metros a lo largo decidieron asentarse. Un territorio desconocido y de constante flujo al ser uno de los puertos más importantes de Colombia, pronto se convirtió en el escenario para repetir una historia que fue escrita con sangre.
Entre el 2000 y el 2004 hubo una etapa conocida como la “época de las mil muertes”, un período que por más que intentan, no logran olvidar, en el cual, con la excusa de erradicar a la guerrilla, líderes criminales financiaron la creación de bandas para combatirla, pero en realidad tenían como objetivo impulsar el narcotráfico en una zona estratégica de la región. 4 años que dieron paso a una época de más asesinatos, desapariciones, desplazamientos forzados y demás expresiones de violencia causadas por las mismas bandas criminales formadas a partir de la desmovilización de los grupos paramilitares de la época.
En contra de todos los pronósticos, en el 2014  los líderes de la comunidad de Puente Nayero decidieron alzarse en contra de la violencia y cambiar el silencio del miedo por el “jolgorio” que surge al combinar las risas de una comunidad pacífica. Acudieron entonces a la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para exigir al Estado asegurar las vidas de las más de 302 familias que actualmente habitan esta calle. Con la ayuda de estos y otras organizaciones, lograron capturar a algunos y ahuyentar a otros, hazaña que no se logró sin quedar libres de amenazas, y con el miedo de convertirse en un espacio que, resguardando sus entradas con miembros del ejército y la marina, continúa rodeado por un entorno que sigue siendo el más violento y pobre de la región.
El número 4 parece representar a la Playita. Antes la cantidad de años que duró la época de mayor violencia en el sector, ahora el número de años en los que no se han registrado muertes en sus calles, y es que así ha sido desde el 2014, cuando decidieron alzar su voz y autoproclamarse “zona humanitaria, espacio de vida exclusivo de población civil”.
Hoy, en el año 2019, Puente Nayero aun cuenta, día y noche, con cuatro uniformados  que cuidan de las entradas de esta calle, registrando a cada persona que ingresa a la misma, evitando que la oscuridad de la violencia que acaece en los barrios aledaños vuelva a manchar las vidas de sus habitantes. A pesar de la sensación que genera una paz efímera, Puerto Nayero resiste; sus habitantes resisten al igual que lo hicieron aquellas 300 familias desplazadas hace más de 20 años. Las piedras de las calles de la Playita asemejan los residuos de una burbuja de cristal que intenta resquebrajarse por el impacto de la violencia, pero sus habitantes contienen estas grietas con valor, y con la esperanza de que algún día el sentido del puerto se convierta en su definición por extensión.