Tumaco quiere ser cacao, no coca

Fotografía: Sebastián Morillo Asistente de fotografía: Oscar Coral Texto: Yéssica Petro Agradecimientos a: Guía Cortepaz – Corporación Técnica para el Desarrollo del Pacífico / Procacao / Comcacaot

En zona rural de Tumaco, Nariño, 200 familias hacen parte de una corporación que busca posicionar el cacao que cultivan como uno de los mejores del mundo, pese a no contar con la ayuda del Estado y estar rodeados por grupos armados.

Por: @Tgonzalezlitman

Cuando el cielo en zona rural de Tumaco, Nariño, empieza a aclarar sobre las 5 de la mañana, Jesús María ya se encuentra de pie para trabajar en sus plantaciones. Jesús María tiene 56 años. Es delgado y alto. Es sonriente, conversador y más cuando se trata de hablar de sus cultivos. Dice que entre muchos otros, tiene plantaciones de plátano, coco y cacao, a los cuales les tiene mucho aprecio pues fueron la herencia de sus papás y el sustento para sacar adelante a sus siete hijos.

Él, como muchos habitantes de San Luis Robles y otras veredas aledañas, cultivó coca y, aunque fue una temporada corta, le bastó para darse cuenta que no era lo que quería.

“Un cultivo que me traiga perjuicio, yo no sigo ahí. Yo tuve cuatro hectáreas, pero salí rápido de eso y ya no tengo nada. Todo lo que tengo es cacao, coco, mandarina, naranja, frutales y me dan tranquilidad, no tengo ese agite de ‘ya van a venir a recibir’”, cuenta este tumaqueño.

La vereda San Luis Robles se encuentra a una hora y media del caótico centro de Tumaco. El camino para llegar tiene dos etapas: una corta, de alrededor de 20 minutos por vía pavimentada, y la segunda parte, la más larga, por una carretera destapada.

Las malas condiciones de la vía hacen que este últi- mo tramo sea más complejo, sobre todo porque no hay muchas opciones para recorrerlo. El principal vehículo es la motocicleta, pues es casi imposible recorrer unos metros de Tumaco sin encontrarse con varias de ellas.

Ni las piedras ni el polvo de la carretera que va a San Luis Robles logran opacar la sensación de estar en el campo: ese silencio que tampoco riñe con los que can- tan desde sus casas la canción de moda en el Pacífico colombiano, la que se llama Fiesta Acústica, pero que todos conocen como el “Cheque, Choco, Cheque”.

‘Vamos todos rico, vamos todos pa ́ allá Ay, que la fiesta es rica, uuh
Que la fiesta es rica
Ay, rico rico, rico, ya…
Cheque choco Cheque ́

Así como en otras veredas de tierra caliente, San Luis Robles cuenta con un verde paisaje en el que se puede ver a los niños que corren de un lado a otro y las puertas de las casas que permanecen abiertas para combatir los calores del mediodía. 

Cocos, plátanos, naranjas, borojós, mandarinas, pal- ma y cacao son los que se observan a simple vista, pero es precisamente este último, uno de los principales or- gullos de los tumaqueños.

Los tumaqueños ya han recogido los primeros frutos de ese sueño achocolatado: en 2015, su cacao fue reconocido con uno de los premios más importantes del gremio chocolatero del mundo, el sello Cocoa of Excellence, en el Salón del Chocolate de París.

Pero, ¿qué hace tan especial al cacao de esta región?

Para Gustavo Mindineros, líder y representante legal de Cortepaz (la Corporación Técnica para el Desarrollo del Pacífico), el secreto está en la genética de las plantas, la forma de cultivo –orgánica– y la ubicación de Tumaco.

“Lo primero es la genética, no podemos decir que se hacen milagros, así que lo que hacemos es afianzar esa calidad genética, dándole un buen proceso de homogeneización. También es por la forma de cultivarse, nada de químicos y sin negar la ubicación geográfica, pues hay mar y río. El goodwill se lo ha dado a nuestro cacao esas casi 9.000 hectáreas que hay en Tumaco y que llevan más de 40 años de establecidas”.

Con Gustavo no se necesitan más que unos minutos para admirarlo, por su manera de hablar del campo, del cacao, de las personas que trabajan a su alrededor. Es visionario, inteligente, un líder nato y quienes trabajan con él lo saben, se nota por la manera en que lo describen. Para él, de sonrisa amplia y sonoras carcajadas que contagian de buena energía, es muy importante transmitir los conocimientos sobre el cacao, no solo para mantener una tradición, sino para que los demás cultivadores entiendan su valor y puedan sacarle mejor provecho a la hora de comercializarlo. Este hombre, así como el resto de habitantes de San Luis Robles, hacen parte del consejo comunitario el Rescate Las Varas.

Un grano de calidad

Cortepaz nació hace cinco años. En un principio era 40 familias que tenían como meta la creación de un proyecto que les permitiera generar un impacto en los cacaoteros de este territorio.

A medida que iban reconociendo la zona y sus variedades de cacao, Cortepaz encontró también apoyos económicos para la corporación, lo que les permitió alcanzar la cifra actual de 200 familias y 500 hectáreas distribuidas en cinco veredas de Las Varas. Además, hoy están trabajando en la recuperación de otras 100.

Estas familias cacaoteras saben que su ventaja en el mercado es la calidad de su producto, por eso desde que siembran el grano, hasta que lo empacan, se aseguran de que vaya en las mejores condiciones, pero también de que les paguen el precio justo, pues se trata de un cacao de primera.

Para Gustavo esto significa poderles brindar a las familias una estabilidad económica sin importar otras variables, como el alza o baja del dólar, que casi siempre termina perjudicando a los pequeños productores del campo.

“Para esto hacemos alianzas comerciales y negociamos el precio de un determinado lote de cacao por cierto tiempo, así logramos estabilizar las ganancias de las familias. Lo hemos hecho hasta por un año, entonces cuando tenemos la cifra ya sabemos cuánto pagarle a la familia, a veces hasta 300 pesos por encima del mercado”.

Cortepaz produce alrededor de 70 toneladas de cacao al año. De esas, entre 15 y 20 son para exportación, el resto es enviado a otros clientes a nivel nacional, como Cacao Hunters. También tienen alianzas comerciales en Suiza, Medellín, Bogotá y Cali, sin mencionar que se encuentran en negociaciones con la Federación de Chocolateros de España para entrar al mercado ibérico.

La magia de los cultivadores

El trabajo que se hace desde Cortepaz es solo una muestra del potencial cacaotero que hay en Tumaco, cultivadores que se esmeran día a día sin importar la lluvia o el sol para darles a sus compradores lo mejor de sus productos y, a su vez, para dejar en alto el nombre de una región golpeada por la violencia.

Jesús María, por ejemplo, se centra en la siembra, cuidado del árbol y recolección de las mazorcas (el ramillete que contiene el grano) cuando están en su punto de maduración, actividades que requieren de todo su cuidado, ya que de allí depende, en gran medida, el sabor del grano del cacao. Por ejemplo, si el corte de la mazorca se hace cuando está pintona o verde, no tendrá suficiente azúcar para fermentar como debería.

Y es justo en este punto donde acaba el trabajo de los cultivadores como Jesús María e inicia el de Josefa Mesa, la matrona de Cortepaz. Ella se encarga de la fermentación y secado de los granos, los pasos claves para que ese cacao se convierta en el mejor chocolate.

“La fermentación inicia inmediatamente después de sacar los granos de las mazorcas del cacao, en un pro- ceso que toma entre seis y ocho días. Es una etapa muy importante, pues se dan una serie de cambios químicos dentro del grano que impactan el sabor y su calidad”, explica doña Josefa.

Josefa es callada, de pocas palabras, aunque tiene una sonrisa bastante llamativa. Tal vez por timidez no es capaz de mirar a los ojos de quien habla o quizás sea solo con foráneos. Eso sí, esa seriedad se hace a un lado cuando ve a su pequeña nieta Noemí, una bebé de seis meses con pestañas largas y ojos expresivos.

Gustavo asegura que el buen humor le llega al cacao, y por eso “siempre tienen que mantener contenta a Josefa”, pues son sus manos las que guían la fermentación y el secado de los granos.

Los granos para la fermentación son colocados en grandes cajas de madera, donde son removidos constantemente. Terminado este proceso, los granos se someten a un proceso de secado.

Este ocurre bajo el sol, y para esto los campesinos usan unas estructuras que parecen unas camillas de madera, techadas con plástico y piso de cemento. Dice Josefa que lo que se busca acá “es alcanzar la humedad del 7 %, que toma ocho días, o menos tiempo, dependiendo de la calidad del grano”.

En Cortepaz todos se conocen. De hecho, varios son familia, y por eso, aunque el trabajo sea duro, solo se escuchan risas, cantos y bromas.

“Hay unas horas precisas para hacer el masajeo, el volteo que le llamamos, buscando que esa calidad que nos da el árbol, la calidad que afianzamos en el área de beneficios (fermentación), no la perdamos en el secado. Por eso doña Josefa es extremadamente juiciosa en lo que hace”, puntualiza el líder de Cortepaz.

Finalmente, cuando ya tiene la humedad requerida, pasa a clasificación, que se hace manual. En este proceso sacan las impurezas y dividen los granos por tamaño, ya que el de exportación debe ser el más grande. Se lleva a la báscula y es empacado en sus respectivos bultos para ser llevado hasta sus compradores.

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