En la guerra no existen las preguntas

El humano ve el universo hacerse polvo ante sus ojos. Las cenizas pilotean las corrientes de viento y lentamente caen, rozan el suelo. La carne humana arde en vida y en los fogones de despedida. Las brasas abrazan un cuerpo que la humanidad nunca supo amar. Los cementerios saludan al país en guerra, al país sin preguntas. La tierra guarda sin regocijo a un cuerpo cuyos sueños fueron destruidos por el desencuentro de la humanidad.

¿Qué pasa en Colombia?, ¿por qué no aprendimos a amar la vida ajena? Al disímil en contexto, pero análogo de nuestra corporalidad: un contenedor que, como el nuestro, necesita vivir para reconocerse, para tener consciencia sobre sí mismo. ¿Por qué es tan complejo sentir, imaginar la vida del otro? Pensar en la angustia de a quien se le corta la respiración; sentir el frío abrumador de a quien la sangre deja de transitarle por el corazón; el temor de quien se enfrenta a un destino que parece condenarle, por cualquiera de los caminos, a la muerte. Un país donde la vida es un derecho, un cuestionamiento, una interpretación selectiva, la humanidad no es un concepto totalizante. Es una imagen desgarradora de la insensibilidad. Una tragedia intencionada, un terreno fértil para la muerte.

La reciente oleada e intensificación de las masacres no solo ilustra la indiferencia de quienes tienen el poder para cambiarlas, también las oportunidades negadas a quienes hoy son bandidos y no hombres puestos al servicio de sus sueños. Y, aunque algunos quieran insistir de que se trata de simples, aleatorizados “homicidios colectivos”, esta es, en realidad, una lucha política. Un enfrentamiento por el poder, por la vanidad de quien comanda. Por la idea de inducir al hombre en vida y, sobre todo, por su capacidad de llevarlo a la muerte. Como habría dicho la brillante Marvel Moreno, la idea de poder parece “ la única nobleza a la cual debía aspirar el ser humano”.

La casa entre sombras. Orika, Isla Grande.

Sí, ésta es una lucha política. No solo por las disputas de poder acá imbricadas. También, en principio, por la forma en que nombramos la violencia y sus formas. Nombrar es, por excelencia, un acto político. Los significantes y los imaginarios implícitos en las palabras revelan la forma en que nos aproximamos a aquello que llamamos realidad. Y terminan por modificar nuestra forma de abordar, proceder, transformar. Lo que pasa en Colombia no es nada distinto a una masacre. Porque, aunque el gobierno nacional insiste en llamarlo “homicidio colectivo”, término que desconoce la motivación política, y el contexto de conflicto en el cual surgen estos frecuentes y desgarradores escenarios, estamos hablando, en realidad, de un fenómeno sistemático y nunca aleatorizado. Invisibilizar el fenómeno con nombres equívocos y eufemismos solo revictimiza a quienes hoy lloran a los que no están y nos aleja de desentrañar al bandido cuyo arte, supone la sociedad, es matar.

El Instituto de estudios para el desarrollo y la paz (Indepaz) advierte que « se entiende por masacre el homicidio colectivo intencional de tres (3) o más personas protegidas por el Derecho Internacional Humanitario (DIH), en estado de indefensión, en iguales circunstancias de tiempo, modo y lugar y efectuado por el mismo presunto perpetrador ». A diferencia de un homicidio colectivo, como el que tipifica el código penal colombiano, las masacres suelen originarse en contextos de conflicto histórico, de connotación política, cuyos actores están en constante disputa por ese premio invisible, insondable del poder. 

Expedición Colombia Bio junto al instituto Humboldt. Páramo de Sumapaz.

Por el contrario, los homicidios colectivos responden a situaciones aleatorias y particulares en sus motivaciones, sujetos, contextos de localización. Por ejemplo, plantea Orlando González, los homicidios típicamente estadounidenses, el alumno, el hombre que entra de forma extraña a un colegio y mata a decenas de estudiantes, es una clara ilustración del homicidio colectivo como hecho aislado.

Pero, ¿qué hay detrás de las masacres?, ¿por qué aniquilar vidas en primavera? El poder, siempre, esa instancia insaciable. Siguiendo a Jacques Sémelin, las masacres pretenden restaurar de manera espectacular la integridad del poder a través del gesto criminal. Así, un actor martirizando, destruyendo cuerpos marca su trascendencia. Todo poder deja marcas en los cuerpos. En este caso, el cuerpo como la única e irreductible materialidad humana, es invadido, arrebatado. A la persona le niegan el derecho a la única forma tangible y material que le es enteramente suya. Esa vida, ese cuerpo, no le pertenece. Su aliento es de quien le permite respirar. Y esa materialidad es, a su vez, su única posibilidad de mantener el alma viva. Arrebatándole el cuerpo, le arrebatan la primera de las cosas: el respiro, la sangre… la vida.

Sí, ésta es una lucha política. Por las disputas de poder acá imbricadas, y, en principio, por la forma en que nombramos la violencia y sus formas.

 

La violencia es la vida, pero en su estado bruto. El hombre, ni siquiera el humano, primitivo. Una naturaleza hostil justificada, falsamente, por la historia. El instinto que llegó a ser acción. Porque del impulso a la materialidad hay un abismo. Y cuando la violencia fue el camino elegido, no solo erró el humano y su agencia, también falló la sociedad que le negó al hombre, la mujer, la posibilidad de serlo. Si antes de empezar a matarnos tuviéramos la oportunidad de conversar, ¿podríamos reconocernos, encontrarnos, al menos, en nuestra humanidad? Así, el inquisidor será nuestro amigo, nunca nuestro verdugo. La víctima será nuestra hermana, nunca la vida que surgió para ser arrebatada. Pero, sin esas preguntas, la guerra seguirá siendo lo que es: un cementerio de sueños, un hoyo negro para las oportunidades. Una suma de afirmaciones que nos siguen sentenciando a muerte.

Soldado patrullando la zona debido a la reactivación del paramilitarismo. Coquí, Nuquí.